Gala
El portazo todavía estaba vibrando en el aire cuando por fin logré moverme.
Héctor ya iba por la acera, caminando torcido, con Vicente en brazos como si fuera un paquete incómodo y no un niño aterrorizado que se le retorcía contra el pecho.
Mi hijo lloraba sin aire, con ese llanto que ya no pide ayuda sino que la exige con el cuerpo entero, como si supiera que nadie iba a llegar a tiempo.
Yo seguía en el sofá, el hombro ardiendo donde Arturo me había sujetado, la mejilla latiéndome como s