—Es hora de ir a casa —susurró Luca contra mi oído, con esa firmeza que siempre convertía sus palabras en órdenes dulces e inquebrantables a la vez.
Lo miré, intentando procesar lo que acababa de decirme. ¿Casa? Durante meses esa palabra había sido un espejismo, un lugar inalcanzable que solo podía imaginar en recuerdos. El lugar donde podríamos estar juntos nuevamente. Ahora ya no quedan rastros del lugar al que esperé regresar, y en parte me alivia saberlo, porque ahora vamos a un nuevo hogar