ANTONIO.
Ya no soportaba más esto, los halagos de la señora Belmonte y las miradas enamoradas de la señorita Esmee, me irritaban. Mi hermano se escapó, cuando él sería el más feliz de disfrutar de esta conversación.
— ¿Qué me dice vos señor Ferrer?
—Sí, mi señora. —mi sonrisa forzada decayó, al ver como mi hermano salía del club con mi Elena aferrada a su brazo. Apreté mis manos en puños, ¡Soy yo quien debe caminar de su lado, no mi hermano!
— ¿Señor Ferrer hay un problema?—tuve que mantener