JESÚS CASTELO
Terminé de desayunar y estaba a punto de irme cuando escuché los pasos de Nicolle.
— ¡Milord, por favor espere! —ella bajaba los escalones de una manera tan apresurada que podía llegar a caerse.
— ¡Ten cuidado!—le reclamé molesto. Se acercó a mí. — ¿Qué sucede Nicolle?
— ¿Podríamos salir hoy?
—Vos podéis salir, ya te dije que...
—No yo sola, nosotros, usted y yo, salir juntos. —levanté una ceja.
—Nicolle...
—Por favor, no le pediré nada más, por favor. —sostuvo mis manos m