La pequeña Nadia estaba muy asustada dentro del armario.
—¿Se habrá ido ya? —Murmuró.
Un segundo después de decir esa frase, la puerta del armario se abrió de repente. Una brillante luz entró muy tenue por la rendija y Nadia, aterrorizada, apretó con fuerza el reloj que sostenía en las manos. La muchacha, sobresaltada, se encogió en el rincón del armario agarrándose la cabeza.
—Sal, no te haré daño.
Al verla así, José frunció con seriedad el ceño.
—Espero que cumplas tus palabras. José vio que e