—Clara, escúchame muy bien, mi plan era genial, todo fue culpa de ese imbécil... Clara... ayúdame... te prometo que, si salgo, haré lo que sea por ti, te haré caso en todo lo que digas.
En el Hospital Penitenciario de la Capital, Martín sostenía un micrófono mientras vestía un traje de prisionero. Se encontraba frente a una mujer vestida de forma muy elegante y le suplicaba amargamente. En aquellos últimos meses, no podía seguir soportando la difícil vida de la prisión. Su rostro, antaño delicad