El aire en el ático de los Donovan, una semana después de las explosiones gemelas que habían reducido a escombros la impecable fachada de los hoteles White Heaven, era espeso y volátil. Una tempestad de furia impotente rugía entre sus paredes doradas. Murphy, un hombre cuya compostura solía ser su armadura, ahora caminaba de un lado a otro, escupiendo maldiciones que desgarraban el silencio del lujoso salón.
Pero Tracy vivía en un silencio más profundo, más helado. Para ella, la tempestad era i