El acto en sí (esconder la salchicha, rápido y sucio, ya sea entre sábanas calientes de amantes o contra azulejos helados de un baño robado) te devora vivo. Te hunde, te inunda la cabeza de fuego, te desnuda de razones y de pudores hasta que solo queda el hambre cruda: tocar, lamer, perseguir esa ola cegadora que te rompe en mil pedazos.
La espalda de Natalia dio contra la pared con un golpe sordo; el mármol le chupaba el calor de la piel. El vestido de seda se rindió en cuanto los dedos de Wil