No fue el canto de los gorriones lo que la despertó aquella mañana, ni el suave zumbido del aire acondicionado, sino una voz que venía desde abajo. El retumbar de ella subía por las escaleras, hacía temblar las paredes y que las alfombras parecieran encogerse de miedo. Se incorporó demasiado rápido, olvidando por un momento que tenía el tobillo torcido. Gimió al apoyar el pie.
Pero en la urgencia, salió cojeando, apoyándose en las paredes hasta llegar a las escaleras, donde se sostuvo del pasam