—¡Es mamá! —exclamó Emma, desde la ventana, con la voz cargada de emoción, señalando hacia el jardín y llamando la atención de sus hermanos, quienes rápidamente se reunieron con ella.
La imagen de Sofie, envuelta en un grueso abrigo, y con la ligera lluvia acariciando su rubio cabello, hizo que los tres niños se sintieran felices, y que, llenos de renovada energía, corrieran directos hacia la entrada.
Antes de que Sofie siquiera pudiera llegar a la puerta, Emma, Jens y Lars la abrieron, con una