El día había sido largo para Sonja. Más largo de lo que había anticipado. Desde que Mathias había dejado a los niños esa mañana, la casa se había transformado en un campo de batalla.
Jens insistía en explicar las reglas de un juego que cambiaban cada cinco minutos. Emma la seguía de un lado a otro, exigiendo atención para cada nuevo dibujo que creaba. Y Lars, con su obstinación casi admirable, no aceptaba comer si las tostadas no tenían caras hechas con mermelada.
Para el mediodía, Sonja estaba