El viento de finales de otoño golpeaba con fuerza los terrenos de la villa Lund, haciendo crujir las ramas desnudas de los árboles que flanqueaban el camino. El sendero hacia la mansión, cubierto de hojas secas, reflejaba la pálida luz matutina.
Sonja Lund salió del vehículo con movimientos calculados, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en el aire. Su abrigo ondeaba al viento mientras alzaba el mentón con altivez.
Sin embargo, había algo distinto en su expresión. Tras su elegancia,