El despacho de Mathias estaba inundado de una luz grisácea que se filtraba por los grandes ventanales, difusa por las nubes bajas que parecían haberse instalado de forma permanente sobre la mansión. Los contratos esparcidos frente a él permanecían casi intactos, a pesar de sus esfuerzos por concentrarse. El eco de los últimos días seguía retumbando en su mente: los gritos, el crujido de algo invisible rompiéndose en el aire entre él y Lukas, y luego el silencio. Un silencio que había envuelto a