La oscuridad se había cernido sobre la imponente mansión, como un manto opresivo, mientras Katrine, sentada en el amplio sofá de la sala, miraba la nada, con una taza de té entre las manos, intentando relajarse. Sin embargo, era en vano. La ansiedad parecía no querer remitir. Por el contrario, era como si, con cada segundo, se aferrara a su pecho con más fuerza.
Los últimos días habían sido una tormenta constante de pensamientos oscuros y preocupación. Intentaba mantenerse firme, sobre todo por