A altas horas de la madrugada, Ole salió de la comisaría con el rostro deformado por una mezcla de rabia y de humillación. Había pasado las últimas seis horas bajo custodia, y, si bien los policías lo habían liberado bajo advertencia de no cometer ningún otro delito, el daño a su orgullo era irreparable.
Con paso inseguro, caminó hacia la parada de taxis más cercana, lanzando una retahíla de maldiciones al viento. Imaginar a su esposa con aquel infeliz lo atormentaba. Beate Katrine Thorsen era