En el estudio que Mathias había improvisado para él en la mansión, Lukas permanecía inclinado sobre la estación de trabajo, con sus cinco monitores titilando a un ritmo frenético, mientras los auriculares captaban las primeras voces.
Durante los últimos dos días había trabajado arduamente, para asegurar que el virus se instalara rápidamente y sin dejar rastros visibles. Finalmente, había conseguido lo que quería: oír las conversaciones cerca del dispositivo infectado, y, con una enorme sonrisa,