Tan pronto como los dos salieron para cumplir la orden, Acácia se sentó junto a Jack en la cama. Lo observó en silencio por unos instantes, deslizando los dedos por su rostro, con un toque a la vez delicado y posesivo.
— Te prometo, amor mío, que no te dejaré morir. Es una promesa — susurró, con los ojos fijos en su rostro herido. — Vamos a ser muy felices juntos. Todavía no sabes cuánto me amas, pero lo descubrirás.
Jack soltó un gemido débil, lo que hizo que Acácia esbozara una leve sonrisa.