Punto de vista de Nadia
No fui a buscarla por curiosidad.
Fui porque me estaba quedando sin mentiras que todavía tuvieran sentido.
Después de todo lo que había pasado —el encuentro, la advertencia, la forma en que el mundo había desplazado sutilmente su peso sobre mi pecho— me di cuenta de que había una voz que faltaba en la historia. Una mujer de la que todos hablaban en fragmentos y medias frases, como si pronunciar su nombre con demasiada claridad pudiera convocar consecuencias.
Mi madre biológica.
No la mujer que me crió. No la que me tomó de la mano durante fiebres, rodillas raspadas y decepciones que fingía no notar.
La otra.
La que me dio a luz y desapareció como una explosión controlada.
Encontré su nombre en un viejo expediente que mi padre nunca pensó que vería. No estaba bien escondido. Eso dolió más que si hubiera estado bajo llave.
Alguna parte de él debió saber que eventualmente iría a buscar.
La dirección me llevó al borde de la ciudad, donde los edificios se inclinaban