Capítulo Ciento Tres

Punto de vista de Damien

Siempre confié en el movimiento.

El movimiento era prueba de relevancia. De gravedad. Las cosas que importaban nunca se quedaban quietas por mucho tiempo —atraían, repelían, colisionaban. Durante años, medí mi lugar en el mundo por lo rápido que los demás se ajustaban a mi alrededor. Una palabra mía cambiaba agendas. Una mirada alteraba resultados. El silencio seguía mis decisiones, no al revés.

Así fue como supe que algo estaba mal.

Porque nada se movía como antes.

No era caos. El caos habría sido más fácil. El caos se anunciaba con ruido y resistencia. Lo que me rodeaba ahora era algo más callado, casi educado. Los sistemas seguían obedeciendo. La gente seguía apareciendo. Los rostros seguían sonriendo cuando entraba en las habitaciones. Pero las sonrisas ya no se inclinaban hacia adelante. Se mantenían firmes.

Lo noté durante una reunión rutinaria —una a la que había asistido cientos de veces sin necesidad de afirmar nada. La presentación fluyó, los números
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