Punto de vista de Nadia
El primer signo no fue dramático.
No llegó con voces alzadas, ni advertencias, ni puertas cerrándose de golpe. Llegó en silencio, plegado en el ritmo ordinario de mi día, disfrazado tan bien que casi lo pasé por alto.
Casi.
Lo noté cuando una asistente con la que había trabajado durante años hizo una pausa antes de responder a una pregunta simple. La vacilación fue breve, apenas un segundo, pero cayó con peso. Su sonrisa llegó una fracción demasiado tarde, como si tuviera que recuperarla de algún otro lugar.
"Sí, por supuesto", dijo. "Lo comprobaré."
No lo comprobó. No necesitaba hacerlo. La petición no era urgente. Era simbólica. Y el retraso me dijo todo lo que necesitaba saber.
Los días siguientes siguieron el mismo patrón. Sistemas que antes funcionaban fluidamente ahora requerían recordatorios. Reuniones que solían confirmarse solas quedaban sin respuesta hasta el último minuto. Nombres familiares seguían presentes, seguían educados, seguían profesionales