Nicolás abrió la boca para responder, pero las palabras no salían. Porque ella tenía razón. Había dudado. Había sentido un aguijón de celos en el pecho, un pensamiento venenoso que le susurraba que quizá ella estaba jugando a dos bandos. Y eso le dolía más que cualquier amenaza de Marcelo.
—Tienes razón —dijo al fin, con la voz apagada—. Dudé. Y lo siento. Pero no sabes lo que es crecer siendo el hijo bastardo, el que siempre llega tarde, el que nunca es suficiente. Llevo toda mi vida esperando