La cala estaba a una hora de camino a pie por un sendero de cabras que bordeaba los acantilados. El viento soplaba con fuerza, y el mar rugía abajo, estrellándose contra las rocas con una furia que parecía la del propio océano enfurecido. Pero Valentina no se detuvo. Caminaba con la determinación de quien sabe que cada segundo cuenta.
Cuando llegaron, la marea estaba baja. La roca con forma de corazón se alzaba en medio de la playa, cubierta de algas y percebes. Valentina se acercó y comenzó a