Mateo sonrió. Por primera vez en toda la noche, su sonrisa fue amable. No la sonrisa calculada del político ni la mueca cínica del rebelde. Una sonrisa de verdad, cansada y cálida a la vez. Sus ojos verdes, que tantas batallas habían visto, se suavizaron hasta parecer los de un niño que aún cree en segundas oportunidades.
—No como se teme —dijo, dando un paso hacia ella, justo hasta el límite donde el respeto se vuelve intimidad—. No voy a pedirle que se case conmigo. Le voy a pedir que sea mi