—Estás jugando con ellos —dijo el joven, recostado en el sofá con las manos entrelazadas y los ojos clavados en la serenidad cruel de Kitty. En su rostro se dibujaba esa mezcla de diversión y aburrimiento que tienen quienes han visto demasiado.
Ella asintió sin apartar la mirada del teléfono. Sus uñas, largas y esmaltadas, deslizaban la pantalla con movimientos mecánicos, como si pasara por un carrusel de recuerdos que alimentaban su estrategia.
—Eliminarles de un solo golpe no tiene sentido —m