Demian ingresó a la agencia de modelaje con pasos cortos y controlados, la corbata aún algo torcida por la prisa, la rabia latente en cada músculo. Conocía aquel lugar a la perfección: había paseado por sus pasillos muchas veces por negocios, por compromisos familiares, por mera curiosidad. Hoy no había tiempo para formalidades. Sofía tenía quien la defendiera; él no iba a permitir que ese imbécil la molestara un minuto más.
Avanzó por los pasillos con la mirada fija, preguntó a una oficinista