La bruma del cigarrillo flotaba en el aire, danzando al ritmo del silencio que reinaba en el lujoso departamento. Rolando se encontraba sentado en su sillón de cuero, con el rostro tallado en piedra. Sus ojos, afilados como cuchillas, estaban fijos en un punto muerto mientras el humo se escapaba lentamente entre sus dedos.
El golpe recibido la mañana anterior había sido brutal. Demian había regresado con más fuerza que nunca. Había sentido el sabor de la derrota. Pero no pensaba rendirse. Jamás