Entrando al baño, lo primero que hice fue mirarme en el espejo, y lo que vi en mi cuerpo no me sorprendió, pero sí me enojó: era el colmo.
Él no podía hacerme el amor ni una sola vez sin dejar marcas en mí como si fuera una res.
Tenía chupetones desde el cuello hasta los senos, demasiado visibles; iba a tener que ponerme bastante base encima por su culpa.
Después de ducharme, cepillarme los dientes y maquillarme —priorizando cubrir las marcas en mi piel— me puse un vestido tejido gris claro, el