—Señorita, puede sentarse aquí —indicó el oficial cuando entré en una sala con una ventana, a través de la cual se veía el otro lado, y también un teléfono colgado en la pared—. Espere un momento, el detenido llegará enseguida —explicó, y yo asentí.
Me acomodé en la silla y, mientras aguardaba, no dejaba de mover los dedos, sintiendo que estaba a punto de desmayarme sin siquiera haberlo visto cara a cara todavía.
Cuando miré hacia la ventana, vi abrirse la puerta del otro lado, y mi corazón emp