¡Dios mío!
—¿Qué te han hecho? —grito sobrecogida.
Nada en este mundo me ha preparado para ver al hombre al que amo con la cara desfigurada por los golpes y los hematomas que marcan su rostro.
Le han dado una tremenda paliza.
—No es tanto como parece, estoy bien —contesta acariciándome la mejilla.
—¡No! —me aparto bruscamente—. No me digas que no es lo que parece, yo sé lo que estoy viendo.
—Chiquitina.
—Ni chiquitina ni leches, no me hables como si fuera una niña tonta —escupo.
Jared se acerca