—Puedo contigo y dos más como tú —le digo cambiando las tornas de nuevo y colocándola debajo de mí.
—¡Oye! —se queja—. Que yo no comparto a mi hombre.
—Yo tampoco, chiquitina.
Se ríe y entierro mi cara en su cuello. Me encanta como huele, a sexo y a mí.
Y entonces vuelvo a hacerla mía. Es tan exquisita, que no puedo apartar mis manos y lo que no son mis manos de ella.
Es adictiva.
Y como ya he dicho antes, no puedo dejar de poseerla.
Son más de las cinco de la mañana, y estamos de nuevo abrazad