He pasado todo el fin de semana con ella. El sábado por la tarde me marché de su casa para ir a la mía y recoger algo de ropa, pero después de una hora y media, ya volvía a estar en sus brazos, y digo sus brazos porque allí es el único lugar donde he querido estar desde que la conocí.
Y nos hemos pasado esos dos días metidos en la cama.
—¡Dios! Eres insaciable —me dice bajándose de encima de mí.
—Me tienes embrujado, que le voy a hacer —me defiendo cogiéndola de la mano para que no se vaya—. Vue