Faltaban menos de veinticuatro horas.
Lo supe cuando abrí los ojos esa mañana y lo primero que pensé no fue en el desayuno ni en la lista de cosas pendientes sino en que mañana a esta hora ya estaría casada. Era una idea que cabía perfectamente en la cabeza pero que el cuerpo tardaba un poco más en procesar. Como cuando escuchas una palabra que conoces bien pero que de repente, al repetirla demasiadas veces, empieza a sonar extraña.
Mañana me casaba.
Me quedé un momento más en la cama, dejando