La idea fue de Martina, como casi todas las ideas que nadie pidió pero que terminaban siendo exactamente lo que se necesitaba.
Llegó a la mañana siguiente con una bolsa de tela grande, una caja de chocolates que olía desde el pasillo y una expresión que yo ya conocía bien, la de alguien que ha tomado una decisión y que no está aquí para debatirla sino para ejecutarla.
—Esta noche —dijo, dejando la bolsa sobre la mesa del salón— hay despedida de soltera.
La miré.
—Martina.
—No me pongas esa cara