Los días se deslizaban lentamente como si el tiempo se burlara de él. Nicolás despertaba cada mañana con una mezcla de ansiedad y esperanza. Y como una rutina marcada por la culpa, todas las mañanas tomaba un ramo de flores frescas —siempre distintos: lirios, tulipanes, peonías, incluso sus favoritas, margaritas— y conducía directo a la mansión donde Hellen se había refugiado.
Pero siempre se encontraba con la misma escena.
La puerta principal se abría lentamente y ahí estaba Cecilia. De pie. I