Raquel llegó al hospital con paso firme, su mirada afilada escaneó los pasillos en busca de la habitación de Julio. Cuando entró, lo encontró solo, recostado sobre la camilla con el rostro demacrado y visibles moretones en su cuerpo. Su corazón se encogió de rabia.
—No puedo creerlo… —murmuró, acercándose a la cama.
Julio alzó la vista y sonrió con cierta ironía.
—¿Qué sucede, Raquel?
—Sucedió que tu "gran amor" no está aquí contigo —respondió ella con amargura—. Se marchó. Su esposa estaba en