El día tan esperado había llegado.
La sala de espera del hospital estaba repleta de emociones contenidas.
El padre de Nicolás, vestido con un traje gris claro, sostenía unos globos rosados con una enorme sonrisa de ilusión.
—Yo sé que es una niña —decía con confianza—, y va a ser igualita a su madre.
Cecilia caminaba de un lado al otro, inquieta, con las manos sudorosas. Miraba el reloj cada cinco segundos, suspiraba, volvía a mirar.
Michael, recostado contra la pared, parecía tranquilo. Tenía