Esa noche, Nicolás no pudo dormir.
Se revolvía en la cama, una y otra vez, con el corazón oprimido por la frialdad de las palabras de Hellen. Su voz resonaba como un eco sin fin:
“Este bebé es más mío que tuyo.”
Lo había perdido. Y no hablaba solo de ella, sino también de lo que representaban como familia. Pero algo dentro de él se negaba a rendirse.
Ya no era por el contrato, ni por el apellido Lancaster, ni por su padre. Era por ella. Por Hellen. Por el bebé que crecía en su vientre. Por las