El tiempo en un hospital no se mide en minutos, se mide en latidos. Y los míos habían estado a punto de detenerse durante las últimas seis horas. Estaba sentado en el suelo del pasillo de espera, con la espalda apoyada contra la pared fría y las piernas estiradas. Me había negado a irme a la sala VIP. Me había negado a que me trajeran comida. Me había negado incluso a limpiarme la sangre seca que tenía en las manos, como si esa suciedad fuera lo único que me conectaba con ella en ese momento.
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