Me quedé helada en medio de la habitación. Miré el reloj de reojo: pasadas las ocho. No podía ser. Juraría que aquel sueño, o lo que fuera, había durado una eternidad, pero afuera la ciudad apenas empezaba a encenderse a lo lejos, como un tapiz de luces que me recordaba lo pequeña que era mi realidad actual.
Un golpe en la puerta me hizo girar sobre mis talones, con el corazón en la garganta.
—¿Sí? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara.
—Señorita, la cena está servida. ¿Tiene hambre?
Er