De repente, el beso cambió. Dejó de ser un roce exploratorio para volverse denso, rápido y cargado de una ansiedad que me quemaba. Por alguna razón que no lograba comprender, mi cuerpo anhelaba ese contacto con una intensidad aterradora; nuestras bocas encajaban con una perfección que parecía grabada en mis células. Su lengua sabía a una dulzura prohibida que me embriagaba.
Segundo a segundo, el mundo exterior desapareció. Olvidé por completo quién era yo, olvidé las dudas sobre Jasper y lo poc