El taxi redujo la velocidad, abandonando el camino de asfalto para adentrarse en un largo sendero privado de gravilla blanca. El sonido de las piedras crujiendo bajo las llantas fue un estallido en el silencio del campo. El coche se detuvo frente a una gran casa de estilo colonial, con paredes blancas y un techo de tejas rojas que brillaba bajo el sol de la tarde.
Salí del auto casi por inercia. Mis pies tocaron la grava y me quedé inmóvil.
El aire olía diferente aquí. Era dulce. Olía a viñero,