Una copa para olvidar

POV de Thomas

Apenas la puerta de la oficina se cerró, supe que Annie se había ido.

Levanté la vista tarde, como si una parte de mí hubiera esperado verla entrar, girar, decir algo más, despedirse hasta el lunes, cualquier cosa. Mas, no ocurrió.

Me puse de pie. El impulso fue inmediato. Quise salir de mi oficina, ir tras ella, decir su nombre, detenerla en el pasillo y soltar todo lo que había escuchado. Decirle que sabía la verdad… pero no me atreví.

Mi mano terminó apoyada en el escritorio, aferrándome con fuerza, como si el mueble pudiera sostenerme mejor que mis propias decisiones.

Volví a sentarme, dejando caer mi peso en el espaldar de mi sillón. Suspiré un tanto agotado de tanto pensar. La voz de Alice se repetía una y otra y otra maldita vez en mi cabeza al igual que las palabras de ella, de Annie tratando de hacerle ver lo que yo sentía por ella.

Claro que haría lo que sea por Alice, me dije a mí mismo.

Sin embargo, no podía dejar de sentirme herido. Se había estado burlando de mí durante estos tres años. Inesperadamente la imagen de Annie en el restaurante volvió a mi mente. La manera en que reaccionó al verme, cuando tropezó con la silla y por poco se cae, la risa burlona de Jimmy y del resto de los comensales. Mi deseo instintivo de acercarme a ella y preguntarle si estaba bien.

La vi quedarse rígida. Vi cómo el color le subía al rostro y cómo recogía el bolso con torpeza, murmurando disculpas que no debía a nadie.

En ese instante, sentí una presión incómoda en el pecho. No sé si llamarlo compasión. Pero ver como se burlaban de ella, me generó angustia.

Cuando el mesonero se acercó con la bolsa y vio que ella no estaba, no dudé en pedirle que me lo entregara.

—Démelo —le dije.

El hombre me miró sorprendido.

—Yo se lo entrego. —dije con tono suave—. Ella es mi asistente.

Cerré los ojos un segundo. Un golpe suave en la puerta me devolvió al presente.

—¿Puedo? —preguntó Jimmy.

—Adelante.

Entró con su energía habitual, con esa forma suya de habitar el mundo sin preguntarse demasiado. Me dijo que había terminado con el plano, que mañana podía revisarlo.

Asentí sin escucharlo del todo.

—Luego —dije—. Ahora necesito desestresarme.

Jimmy me miró con una sonrisa maliciosa. Esa que normalmente aparece en su rostro cuando se trata de divertirse. No hizo preguntas. Tomó su chaqueta y salimos de mi oficina.

Minutos después, entramos al bar. El lugar estaba lleno, era viernes. Me senté en la barra y pedí mi primer trago de vodka.

—Wow, veo que quieres realmente desestresarte —bromeó.

—Quiero olvidarme de todo. —susurré.

El primer trago quemó mi garganta; aun así aquel ardor era leve comparado con lo que sentía en mi pecho. Luego vino el segundo, el tercero. Cuando me di cuenta, estaba nuevamente hablando de ella, de Alice y Jimmy aunque aburrido, me escuchaba atento:

—No sé qué pensar. —dije frotando mis manos sobre mi rostro—. Creí que Alice me quería. O al menos que me respetaba. Pensé que había algo real entre nosotros ¿Y resulta que soy un cajero automático? ¿Eso soy?

—¿Annie sabe que escuchaste?

—No. —Negé con la cabeza—. Cerré la puerta sin hacer ruido. Me fui. No podía… no podía mirarla a la cara después de eso.

Jimmy se apoyó en el respaldo de la silla y chasqueó la lengua.

—Siempre te dije que esa mujer…

—No —lo corté en seco—. No empieces.

Bebí el cuarto trago de un solo golpe. Él movió su cabeza de lado a lado en desaprobación a mi comportamiento. Guardé silencio.

Sí, siempre me había advertido que Alice era una mujer muy ambiciosa, que debía tener cuidado con ella. Pero nunca le hice caso. Ahora, aunque me duela admitirlo, tenía la maldita razón.

—Ya regreso —dijo y se levantó de su asiento.

Lo vi alejarse un par de metros y luego acercarse hacia dos mujeres apoyadas en la barra. Jimmy les sonreía, haciendo gestos exagerados, decía algo que las hacía reír. Una de ellas le tocó el brazo mientras la otra volvió el rostro hacia donde yo estaba sentado y me miró de arriba abajo sin pudor.

Aunque imaginaba de que se trataba aquello, no era lo que buscaba esa noche.

Sí. Yo. Thomas Miller, el hombre que disfrutaba al máximo las noches en un bar, ahora estaba sentado en la barra, pensando en Alice y sin deseos de otra cosa que vengarme de ella.

Di un trago largo.

Por un segundo pensé que quizá eso era lo que debía hacer. Dejarme llevar. Cobrar la traición con otra traición. Borrar un nombre con otro cuerpo. Pero la idea no me provocó nada, ni rabia, ni placer, ni alivio.

Jimmy regresó con una sonrisa triunfal y se apoyó a mi lado.

—¿Ves? —dijo, señalando con la cabeza—. La morena acaba de llegar a la ciudad. Su amiga quiere conocerte. Si quieres, podemos ir a otro sitio. Algo más privado donde nos divertamos los cuatro.

—No —dije.

Jimmy parpadeó, sorprendido.

—¿No?

—No.

—Vamos, Thomas… —bajó la voz—. Es perfecta para olvidar. Para vengarte, incluso.

Apoyé el vaso en la barra con fuerza.

—No es ese tipo de venganza la que quiero.

Frunció el ceño.

—¿Y qué tipo quieres entonces?

Tardé un segundo en responder. No porque no supiera la respuesta, sino porque decirla en voz alta la hacía real.

—La que no me deje vacío después.

Jimmy soltó una risa corta, incrédula.

—Hermano, lo que menos necesitas ahora es pensar.

Lo miré de lado.

—Lo que menos necesito ahora es acostarme con alguien que no significa nada.

Las risas de las chicas seguían detrás. El mundo continuaba funcionando como siempre. Yo no.

Jimmy suspiró, se pasó una mano por la nuca.

—Estás peor de lo que pensé.

—Probablemente. —contesté con voz firme y hostil.

Se quedó callado un momento. Luego hizo una seña rápida a las mujeres, una disculpa informal, y volvió a sentarse frente a mí.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Levanté el vaso. El líquido tembló apenas.

—Nos vamos.

—¿A casa?

Negué.

Respiré hondo antes de decirlo. No sabía de dónde venía la certeza, pero estaba ahí, firme.

—Llévame a ver a Annie.

Jimmy abrió la boca para decir algo. Luego la cerró. Me observó como si intentara reconocerme.

—¿Estás seguro?

No respondí. No necesitaba hacerlo.

Minutos después, el coche avanzaba por la ciudad. Las luces pasaban rápidas, irrelevantes. Apoyé la cabeza contra la ventana, sintiendo el frío del vidrio.

No iba buscando consuelo. Ni siquiera respuestas. Solo necesitaba ver a la única persona que, sin saberlo, no me había vendido nunca.

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