Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Annie
Después de cenar, mi madre se acomodó en el sofá para ver un poco de televisión. Yo me quedé en la cocina, lavando la losa. El sonido del agua me ayudaba a ordenar los pensamientos. Mientras frotaba un plato, recordé el sabor de aquel postre, aún parecía tener dulzor exquisito en mi boca. Fue inevitable no recordar su imagen. Él estaba frente a mí, extendiéndome su mano, entregándome aquella bolsa, devolviendo algo que creí perdido. No sabía si había sido solo amabilidad o compasión; si simplemente había querido evitar que me sintiera peor después de lo ocurrido en el restaurante. Pero, fuera lo que fuera, había sido un gesto. Uno muy pequeño, sí, insignificante para cualquier otra persona; mas, para mí, suficiente. Un gesto que me hacía saber que yo existía para él aunque fuese por un segundo. Me apoyé un instante en el mesón de mármol y suspiré. Miré hacia la sala. Mi madre ya dormía, con la cabeza ladeada y el cuerpo encogido. No estaba bien. Lo sabía. Abrí el refrigerador para guardar lo poco que había quedado de la cena y el vacío me devolvió la sensación de ansiedad que había superado minutos atrás. No era solo la nevera vacía, también la cesta donde se guardaban las verduras y vegetales para mantenerle una dieta saludable. Miré y había sólo algunas verduras, vegetales marchitos y un par de frutas, nada más. Pensé en la mañana siguiente. Pensé en los días que faltaban para cobrar. Cerré la puerta del refrigerador con cuidado, como si hacer ruido pudiera empeorar las cosas. Miré de nuevo a mi madre. Necesitaba hacer algo para ayudarla y eso hice. Tomé el monedero, me encima de mi camisón de algodón un cárdigan para el frío. Cerré la puerta despacio y salí a la calle. La noche estaba más fría de lo que esperaba. Caminé rápido hasta el supermercado del barrio, contando mentalmente el dinero antes de llegar. Elegí lo básico, algunas verduras y vegetales. Lo necesario para ella. Dejé de lado cualquier cosa que no fuera estrictamente indispensable. Lo poco que quedaba era, en realidad, el dinero que yo usaba para almorzar durante la semana. Tendría que arreglármelas después. No iba a volver a pedirle nada a Alice, a suplicarle como si aquel dinero no lo hubiese dejado mi padre para nuestros gastos. Al salir a la calle, empezaba a caer una lluvia fina y leve, tuve que apresurarme para no mojarme, aunque eso esa casi imposible. Cuando crucé la esquina, vi a los lejos un coche estacionado frente a la casa. Me detuve un segundo. Algo en ese vehículo me resultó familiar. El corazón me dio un salto dentro de mi pecho. Sequé mi rostro con el dorso de mi brazo. Respiré hondo y abrí la puerta con cuidado, empujándola con mi enorme trasero, todavía con las bolsas en la mano. Apenas entré, los vi. Ellos estaban allí. Thomas estaba sentado en la sala, conversando con mi madre, y a su lado estaba Jimmy. La escena era tan inesperada que por un instante pensé que me había equivocado de casa. Sentí cómo la sangre me subía al rostro encendiendo mis mejillas. —¿Qué… qué hacen aquí? —pregunté, sin poder ocultar la sorpresa. Thomas se levantó despacio. Me miró como si hubiera estado esperando exactamente ese momento. —Necesitaba hablar contigo —dijo. Mi madre intentó incorporarse. Jimmy se adelantó de inmediato, con una amabilidad que me tomó desprevenida. —No se preocupe —le dijo—. La acompaño a su habitación. Ella aceptó. Jimmy la ayudó a levantarse y la condujo con cuidado por el pasillo. Cuando regresó, le agradecí con una mirada. Él sonrió apenas, incómodo, y salió de la casa con una excusa rápida. —Te espero en el coche. Debo hacer una llamada. —Sí, serán solo unos minutos —aclaró él. Tragué saliva. No podía creer lo que estaba pasando. ¿Thomas Miller en mi casa? Dejé las dos bolsitas de verduras sobre el mesón. El ruido del plástico al apoyarlas me pareció demasiado fuerte en medio de ese silencio extraño. Él se acercó a mí, estaba tan cerca que sentí como de pronto, mi cuerpo reaccionaba de una manera que no esperaba. Un temblor leve me recorrió por completo y un calor surgió desde adentro incendiando todo, sin exagerar, todo en mi interior. Nunca me había pasado eso con él. Siempre lo había visto como una idea lejana, como el hombre perfecto para alguien como Alice. No para mí. Me giré lentamente. —Perdón… no sabía que vendrían —dije, consciente de lo pequeña que sonaba mi voz. Él negó con la cabeza. —No pasa nada. Yo… —se interrumpió un segundo—. Annie, necesito hablar contigo. Es algo importante. Lo miré sin saber qué responder. Tenía las manos apoyadas en el mesón, los dedos todavía fríos por la noche. Asentí sin decir nada más. Él permanecía de pie frente a mí, serio, como si hubiera ensayado ese momento y aun así no estuviera preparado. La cocina se sentía más pequeña, el aire más denso. Thomas inhaló despacio, como quien toma impulso antes de lanzarse a algo que no admite marcha atrás. —Esto no es fácil de decir —murmuró. Yo guardé silencio, sin interrumpirlo, esperando a que terminara de decir por qué estaba allí. —¿Quieres… casarte conmigo?






