Observó cómo Simon daba otro sorbo, cómo se movía la fuerte columna de su garganta. En ese instante, la música volvió a un ritmo contagiosamente alegre.
Simon extendió una mano por encima de la mesa. —Vamos, bailemos.
Sara retrocedió con auténtico miedo. Veía a las parejas bailando con gracia y estilo sin esfuerzo, haciendo movimientos que jamás podría imitar. Negó con la cabeza desesperadamente: —Ya te lo dije. No bailo muy bien, Simon.
Él dejó la mano donde estaba.
—En serio —dijo suplicante—