Parte I: DON PINGUINO

Adrien.

Aterrado me recosté sobre el asiento rígido del aeropuerto, el metal frío de la estructura me atravesaba la espalda y perforaba mis huesos.

Por más que le prometí a Camelia descansar esta noche y regresar en la mañana con calma, no podía hacerlo. El silencio del teléfono se alargaba como una cuerda tensa. Nadie sabía de ella. Y lo poco que supimos, fue que estaba enferma, con una infecció

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