El rostro del director ejecutivo era una máscara de pura ferocidad. El ceño contraído y la mandíbula apretada delataban la rabia hiriente que acababa de apoderarse de él al presenciar la escena de Daniel arrodillado frente a su secretaria.
Lia aprovechó el desconcierto para tirar de sus manos, liberarse del agarre de Daniel y salir apresuradamente del ascensor.
Adrián la sujetó del brazo en cuanto estuvo afuera. El agarre era firme, posesivo, marcando su territorio de forma inequívoca.
—¿Qué de