—¡Suéltame, Daniel! ¡Me estás molestando! —exclamó ella, forcejeando para librar su muñeca.
—¡Te dijo que la soltaras! —resonó una voz masculina, grave y autoritaria, detrás de ellos.
Tanto Lia como Daniel congelaron sus movimientos y se giraron al mismo tiempo.
A escasos pasos de ellos, vestido con un traje impecable pero sin corbata, estaba Fabián. Su postura era intimidante, con la mirada clavada fijamente en las manos de Daniel.
Una ola de alivio recorrió el cuerpo de Lia. Desprendiéndose d