Capítulo 27: Un Fantasma

Alaric

El regreso a las oficinas centrales de Grimaldi & Co. no fue la entrada triunfal de una pareja de recién comprometidos; fue el despliegue de una unidad de asalto. No perdí el tiempo en formalidades. En cuanto cruzamos el vestíbulo de cristal, mi mandíbula estaba tan apretada que me dolía la cara.

—Bourne, ve directamente a los servidores del ala sur —ordené, sin detener mi paso hacia el ascensor privado—. Necesito esos informes impresos y validados con tu firma digital. No quiero que haya ni una sola duda sobre la procedencia de los datos.

Farah asintió, demostrando una calma gélida admirable.

—Dame quince minutos. Tengo los espejos de las transacciones de Ana. No podrá borrarlos ni aunque queme el edificio.

—Hazlo. Te veo en la sala de juntas. No dejes que nadie se acerque a esa carpeta.

La sala de juntas estaba llena. Los directores principales, hombres y mujeres que habían servido a mi familia por décadas, murmuraban entre sí. En un extremo de la mesa, Ana se sentaba con una elegancia forzada, jugueteando con una pluma. Elián, a su lado, trataba de ocultar su nerviosismo revisando su teléfono por décima vez.

Entré y el silencio fue instantáneo. Me situé en la cabecera, manteniendo la postura de pie.

—Señores, hoy hemos cerrado el contrato con Vargas —comencé, provocando un suspiro de alivio colectivo—. Sin embargo, durante el proceso, la doctora Bourne detectó algo que todos ustedes pasaron por alto. O que algunos decidieron ignorar.

Farah entró en ese preciso momento, dejando caer la pesada carpeta sobre la mesa frente a Ana. El estruendo resonó como un disparo.

—Esas son las auditorías de la zona sur —dijo Farah, mirando directamente a los ojos de la mujer—. Inconsistencias de facturación, desvíos a cuentas offshore y, lo más grave, la venta de nuestros protocolos logísticos a la competencia. Todo firmado desde su terminal, Ana.

Ana soltó una carcajada estridente, aunque noté cómo sus manos temblaban.

—¿Esto es una broma? Alaric, ¿vas a creerle a esta... analista improvisada que trajiste de la calle? Esto es una farsa, una trampa diseñada para hacerme caer porque sé demasiado sobre cómo manejas tus cuentas personales —Ana se puso de pie, fuera de sí, y caminó alrededor de la mesa acercándose peligrosamente a Farah con un dedo acusador—. ¿Quién crees que eres para venir aquí a cuestionar mi carrera? Eres solo un adorno en el brazo de Alaric...

Antes de que pudiera dar un paso más hacia Farah, me moví con rapidez y me interpuse entre las dos, usando mi cuerpo como un escudo infranqueable.

—No vuelvas a dar un paso hacia ella —dije, en un suspiro letal que congeló la sala—. Los datos no tienen sentimientos, Ana. Y los datos dicen que eres una ladrona.

Acorralada, Ana perdió los estribos y se giró hacia Elián, quien intentaba hacerse pequeño en su silla.

—¡Dile algo! ¡Diles que fue tu idea! ¡Tú eras el que necesitaba el dinero para pagar tus deudas de juego y tus estúpidos lujos!

—¡¿Mi idea?! —saltó Elián, como si lo hubieran quemado—. ¡Tú eras la que tenía los accesos! ¡Tú me dijiste que Alaric nunca se daría cuenta porque estaba demasiado ocupado con su esposa de juguete!

La discusión estalló entre ambos. Se lanzaron acusaciones, traiciones y secretos sucios mientras la junta observaba con asco. Farah y yo permanecimos inmóviles, viendo cómo se consumía su impunidad.

Finalmente, el director legal se puso en pie.

—Es suficiente. Los datos de la doctora Bourne son concluyentes. Se iniciará una investigación formal de inmediato. Ana, Elián, quedan suspendidos de todas sus funciones y escoltados fuera del edificio por seguridad.

Cuando la sala se vació, me acerqué a Farah y, por primera vez frente a las cámaras de seguridad de la empresa, le puse una mano en el hombro de forma protectora.

—Has hecho un trabajo impecable, Farah. Has purgado este lugar de una forma que yo solo no habría podido hacer sin levantar sospechas.

—Solo seguí el rastro del dinero, Alaric. Los números siempre confiesan si sabes cómo preguntarles —respondió con una media sonrisa.

—Por eso mismo —dijo, mirando la ferocidad en sus ojos—, quiero que te hagas cargo de la investigación completa. A partir de mañana, eres la Directora Interina de Proyectos Operativos. Necesito a alguien que limpie este desastre, y no confío en nadie más.

—Es mucha responsabilidad, Alaric —me miró sorprendida.

—Eres más que capaz. Además, es una cuestión de... eficiencia. Si el puesto queda vacío, las acciones caerán. Acepta.

—Acepto —asintió—. Pero ahora quiero irme de aquí. Necesito aire que no huela a oficina.

El viaje de regreso a la casa de campo fue tranquilo. Llegamos tarde y mi abuela Vittoria nos recibió en el comedor con su fingida indignación.

—¡Vaya! Los prófugos han vuelto —dijo, aunque sus ojos brillaban al vernos—. Me dejaron aquí sola con mis penas y mis flores. Ni un aviso en la mañana, nada.

Me acerqué y le di un beso en la mejilla.

—Lo sentimos, abuela. Fue una emergencia en la ciudad. Una cuestión de... limpieza necesaria. Prometemos quedarnos un par de días ahora. Si salimos, te enviaremos un informe detallado con tres horas de antelación.

—No seas sarcástico, Alaric —rio Vittoria—. Vayan a descansar. Se ven como si hubieran peleado contra un ejército.

Subimos a la habitación. Tras una ducha rápida, nos encontramos de nuevo en la inmensa cama matrimonial, pero esta vez llevé dos copas y una botella de vino tinto de la bodega privada de mi abuela. Bebimos en silencio, apoyados en el cabecero de madera.

—Alaric... —preguntó Farah después de un rato, armándose de valor—. Llevo algunos días queriendo preguntarte esto… es sobre Sweeney. ¿Qué pasó realmente? ¿Por qué todo el mundo habla de ella como si fuera un fantasma que te persigue?

Miré el líquido rojo en mi copa. Mi voz sonó pastosa, removiendo recuerdos que creía haber enterrado bajo capas de hielo.

—No la odio, Farah. A pesar de lo que digan los chismes del club social. Sweeney era... adecuada para el mundo de mi padre. Pero cuando nuestras familias chocaron por una fusión de empresas que salió mal, ella tuvo que elegir. Eligió a su familia, a su apellido. Me dejó plantado no por falta de afecto, sino por deber.

Farah guardó silencio mientras yo apretaba el tallo de la copa.

—Ese día comprendí que en el mundo de mi padre, las personas son activos o pasivos. Dejé la empresa familiar poco después. No quería tener que elegir nunca más entre lo que dictaba mi apellido y lo que yo quería. Creé mi propio imperio para no ser el rehén de nadie.

Farah me observó en silencio. Por primera vez, dejé que me viera sin mi armadura de lógica.

—Gracias por contármelo —susurró, acercándose un poco más.

La miré a los ojos, sintiendo que los muros entre los dos habían caído por completo.

—No te acostumbres, Bourne. Las confesiones son ineficientes para el descanso. Pero... me alegra que seas tú la que está en este lado de la cama.

Farah sonrió y apoyó la cabeza en mi hombro. En la quietud de la casa de campo, nuestro contrato de matrimonio empezaba a parecer el documento más sincero que jamás había firmado.

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