Mundo ficciónIniciar sesiónLos días que siguieron en la casa de campo de la abuela Vittoria se convirtieron en un refugio extraño para Farah y Alaric. Se había establecido una rutina que ninguno de los dos quería romper.
Mañanas intensas en la empresa Grimaldi & Co., donde Farah ya ejercía su mando como directora interina con una seguridad que intimidaba a los veteranos, y tardes doradas en el campo, bajo la mirada astuta de una abuela que sonreía más de lo que hablaba.
Farah empezó a notar cambios. El Alaric que siempre parecía estar calculando el próximo movimiento de la bolsa ahora se permitía momentos de relajación. Lo veía sentado en el porche, con la camisa remangada y un libro en la mano que no tenía nada que ver con la economía. Esos pequeños roces al pasarse el café, las conversaciones sobre el futuro del proyecto de la zona sur que terminaban en risas compartidas por anécdotas universitarias, estaban borrando las líneas del contrato original.
El viernes por la tarde, mientras Farah terminaba de revisar unos informes de logística en la biblioteca de la mansión, Alaric recibió a Ronan en su despacho de la ciudad. Ronan, con su habitual aire de despreocupación, le entregó los reportes sobre las operaciones en el extranjero, pero su energía habitual parecía apagada.
—Aquí tienes, Alaric. Los números en Londres están estables, pero la gestión en Singapur necesita un ajuste de tuercas —dijo Ronan, dejándose caer en el sillón de cuero—. Pero honestamente, me cuesta concentrarme en Singapur cuando mi cabeza está en un callejón de mala muerte en el centro.
Alaric levantó la vista de su computadora. Conocía a Ronan desde que ambos eran unos adolescentes rebeldes; verlo así de vulnerable era una anomalía estadística.
—¿La chica del barrio humilde? —preguntó Alaric con voz neutra.
—Alina —corrigió Ronan con un suspiro—. He intentado acercarme, Alaric. He intentado ser... no sé, humano. Pero cada vez que trato de entrar en su mundo, siento que estoy invadiendo un lugar donde no tengo permiso de estar. Ella me ve como un problema de oficina, no como un hombre.
Alaric se quedó en silencio un momento. Él, que siempre había defendido que las emociones eran una interferencia para la productividad, recordó la sensación de Farah durmiendo al otro lado del muro de almohadas.
—Escucha, Ronan —dijo Alaric, apoyando los codos en la mesa—. Yo no doy consejos amorosos. Es una pérdida de tiempo operativa. Pero he aprendido que arriesgarse por algo que no está en los libros contables no siempre es un error. Puede ser peligroso, puede que destruya tu lógica, pero si la recompensa es real... puede que valga la pena el riesgo de colapso.
Ronan lo miró como si Alaric hubiera empezado a hablar en un idioma extranjero.
—¿Tú diciéndome que me arriesgue? ¿El hombre que tiene un contrato hasta para el color de sus corbatas?
—Los tiempos cambian, Ronan. Incluso los sistemas más rígidos necesitan una actualización —respondió Alaric, volviendo a su pantalla para ocultar el brillo de honestidad en sus ojos.
Inspirado por las palabras de su amigo, Ronan fue a buscar a Alina esa misma noche. La encontró saliendo de su turno en una cafetería local, con los hombros caídos por el cansancio.
—Alina, espera —dijo Ronan, bajando de su coche. Esta vez no llevaba el traje caro, solo una sudadera y jeans, intentando encajar.
Alina se detuvo y lo miró. No había rabia en sus ojos, solo una profunda tristeza que desarmó a Ronan.
—¿Qué haces aquí, Ronan? Ya viste mi casa, ya viste mi vida. No hay nada aquí que encaje con tus fiestas en el Hilton.
—No me importa el Hilton, Alina. Me importas tú. Déjame ayudarte, déjame estar ahí.
—Ese es el problema —respondió ella, negando con la cabeza—. Somos de mundos distintos. Tú eres una emergencia corporativa, un capricho de lujo que puedo tener una noche. Pero yo soy una vida real, con facturas que pagar y una madre que depende de mí. No puedes arreglar mi vida con un cheque, y yo no puedo vivir fingiendo que soy alguien que no soy para que tus amigos no se rían de ti.
Ronan, por primera vez en su vida, no tuvo un chiste rápido para responder. No hubo sarcasmo ni una frase ingeniosa. Se quedó allí parado, aterrado por el peso de sus propios sentimientos, mientras veía a Alina alejarse. Por primera vez, el heredero cínico se sintió pequeño ante la dignidad de una mujer que no podía comprar.
De regreso en la casa de campo, la atmósfera entre Farah y Alaric había alcanzado un punto de no retorno. La abuela Vittoria se había retirado temprano, dejando a los dos niños solos en la sala, con solo el fuego de la chimenea iluminando la estancia.
Farah estaba revisando unos datos finales de la investigación sobre Ana, sentada en la alfombra cerca del calor. Alaric estaba en el sofá, observándola.
—Bourne, deja eso. Ya has trabajado doce horas hoy —dijo él.
—Solo un poco más, Alaric. Quiero que el caso sea perfecto —respondió ella, sin mirarlo—. Necesito que sepas que elegiste a la mejor analista, no solo a la más... cercana.
Alaric se levantó del sofá y se sentó en la alfombra, justo frente a ella. Le quitó la tablet de las manos y la dejó a un lado.
—Sé que eres la mejor. Ya no necesitas demostrarlo a nadie, y mucho menos a mí —su voz era un susurro bajo que hizo que a Farah se le eriza la piel.
Farah levantó la vista y se encontró con los ojos grises de Alaric. Estaban tan cerca que podía sentir su respiración, una mezcla de vino tinto y el aire frío del campo. La tensión que habían estado acumulando desde el primer día del contrato, a través de peleas, auditorías y noches en silencio, estalló de repente.
El aire parecía quemar. Farah sintió que el mundo se reducía a ese pequeño espacio entre sus labios. Ella se inclinó apenas unos milímetros, desafiando la última regla que quedaba en pie. Alaric cerró los ojos un segundo, luchando contra cada instinto de autocontrol que su padre le había inculcado. Sus manos se movieron hacia el rostro de Farah, pero se detuvieron justo antes de tocarla, rozando apenas sus mejillas.
Estaban a una fracción de segundo de romperlo todo. De dejar de ser socios para ser algo que ninguno sabía cómo gestionar.
—Farah —susurró él, y el uso de su nombre de pila, sin apellidos ni títulos, sonó como una confesión.
Él se detuvo justo a tiempo. Su frente se apoyó contra la de ella, pero no cerró el beso. La respiración de ambos era errática.
—Si cruzo esta línea, Bourne... —dijo él, con una voz rota por la contención—, no habrá vuelta atrás para ninguno. No habrá contratos, ni cláusulas de salida, ni lógica que nos salve. ¿Estás segura de que quieres destruir el sistema que nos protege?
La contención era casi más erótica que el acto mismo. Farah sentía el temblor en las manos de Alaric, la lucha interna de un hombre que prefería quemarse antes que perder el control, pero que deseaba ese incendio más que nada en el mundo.
—A veces —respondió ella, con la voz apenas audible—, el sistema necesita ser destruido para ver qué hay debajo de los escombros.
Alaric se alejó solo un centímetro, mirándola con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Esta noche no —dijo él, recuperando por un margen mínimo su compostura—. Porque si te beso ahora, no será por conveniencia táctica. Será porque te quiero en todas mis órbitas. Y eso es algo para lo que ni siquiera yo tengo un plan de contingencia.
Él se puso de pie, ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse. La tensión seguía ahí, vibrando en el aire como una cuerda de violín a punto de romperse. Subieron a la habitación en silencio, pero ya no había muros de almohadas ni fronteras invisibles. Había algo mucho más poderoso: el conocimiento de que el abismo estaba ahí, y que ambos estaban ansiosos por saltar juntos, aunque Alaric, terco como siempre, insistiera en que primero debían revisar las condiciones de caída.







