Mundo ficciónIniciar sesiónAlaric
La oficina de Farah todavía vibraba con la energía del enfrentamiento con Elián cuando me crucé de brazos, apoyándome en el marco de la puerta. Mi mirada no era la del jefe que vigila a una empleada, sino la de un hombre que acaba de confirmar que tiene a su lado a una aliada formidable.
—Guarda esos archivos en un pendrive encriptado, Bourne —dije, rompiendo el silencio—. Nos vamos.
Farah levantó la vista, confundida. Todavía tenía tres pestañas abiertas con gráficos de dispersión que no terminaban de cuadrar.
—¿A dónde? Tengo trabajo que terminar si quieres que presente algo coherente mañana.
—La teoría es buena, pero los datos en frío no te darán la respuesta que buscas. Tenemos una cita con el señor Vargas en el puerto —expliqué, consultando mi reloj de pulsera con mi precisión acostumbrada—. Es el cliente más difícil de la zona sur. Lleva tres meses amenazando con cancelar el contrato logístico porque dice que los números no le cuentan la verdad.
Farah se puso de pie, cerrando su computadora.
—¿Quieres que yo hable con él? ¿El gran Alaric Grimaldi necesita ayuda para cerrar un trato?
Me acerqué a ella, acortando el espacio hasta que supe que podía notar el calor que emanaba de mi cuerpo.
—No necesito ayuda, Bourne. Necesito a alguien que no esté contaminado por la política de esta empresa. Vargas odia a mis ejecutivos; dice que huelen a perfume caro y a mentiras corporativas. Tú hueles a café y a una terquedad que podría mover montañas. Vamos.
El viaje hacia la zona portuaria fue rápido. Conducía en silencio, pero no era un silencio de frialdad, sino de pura anticipación. Cuando llegamos, el olor a salitre y el estruendo de las grúas nos recibieron. El señor Vargas era un hombre de manos callosas y mirada desconfiada que nos esperaba en una oficina que parecía un contenedor oxidado.
—Grimaldi —gruñó Vargas, sin levantarse—. Te dije que no perdieras el tiempo viniendo. Tus informes dicen que todo va de maravilla, pero mis almacenes están vacíos a mitad de mes. Alguien me está robando o tus analistas son idiotas.
No me senté. Simplemente di un paso atrás y señalé a Farah con un gesto elegante de la mano.
—No vengo a hablar yo, Vargas. Ella es la doctora Farah Bourne. Ha estado revisando tus flujos de datos las últimas seis horas. Si alguien puede decirte dónde está el agujero, es ella.
Vargas miró a Farah de arriba abajo, escéptico.
—¿Una académica? ¿Qué sabe ella de cómo se mueve un contenedor de veinte toneladas?
Farah no esperó a que la invitaran. Abrió su tablet y la puso sobre la mesa, justo encima de los papeles de Vargas.
—Sé que sus contenedores no se mueven porque su sistema de asignación de rutas está usando un algoritmo de hace diez años, señor Vargas —dijo con una voz tranquila y segura—. Pero ese no es su problema principal. El problema es que, según el análisis de tiempos que hice esta mañana, hay una desviación del cuatro por ciento en la recepción de insumos que nunca llega a sus libros.
Vargas frunció el ceño, inclinándose hacia la pantalla. Farah empezó a deslizar gráficos, explicando con palabras simples cómo los datos mostraban "puntos ciegos" deliberados. Habló de realidades, de dinero perdido y de eficiencia robada.
Me mantuve al margen, apoyado contra la pared metálica de la oficina. No intervine ni una sola vez. La observaba con una intensidad que nada tenía que ver con los negocios. La veía dominar la situación, veía cómo su pasión por la verdad académica se transformaba en una herramienta de poder. En ese momento, sentí que la admiración profesional que albergaba por ella se mezclaba peligrosamente con un deseo que ya no podía clasificar como "logístico".
—Si usted implementa este nuevo protocolo de verificación que he diseñado —concluyó Farah—, recuperará ese cuatro por ciento en menos de treinta días. Y no tendrá que cancelar ningún contrato.
Vargas se quedó en silencio, mirando los datos y luego a Farah. Finalmente, soltó una carcajada y golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¡Por fin alguien que no me habla como si fuera un imbécil! Grimaldi, no sé dónde encontraste a esta mujer, pero asegúrate de que no se escape. Tienen mi firma por otro año.
Al salir de la oficina, el sol de la tarde empezaba a caer, bañando el puerto de un color dorado. Me detuve frente al coche y miré a Farah. La frialdad de mi rostro se había suavizado un poco.
—Buen trabajo, doctora —dije, sintiendo mi voz más profunda de lo habitual—. Vargas no firma nada sin pelear al menos tres horas. Tú lo lograste en veinte minutos.
—Me debías una oportunidad para brillar, ¿no? —respondió ella, todavía con la adrenalina del éxito recorriéndole las venas—. ¿A dónde vamos ahora?
—A celebrar. Conozco un lugar pequeño cerca de aquí donde el pescado es real y el ruido de la ciudad no llega. Es una cuestión de... recompensa por rendimiento.
El almuerzo de celebración fue en una terraza rústica frente al mar. Comimos en silencio al principio, pero la tensión ambigua regresó con fuerza. No podía dejar de mirarla. Cada vez que sonreía o se pasaba una mano por el cabello, sentía que mi control se desmoronaba un poco más.
—¿Qué pasa? —preguntó Farah, notando la fijeza de mi mirada—. ¿Tengo una mancha de salsa o estás calculando cuánto dinero nos ahorró el contrato de Vargas?
—Estoy calculando qué tan ineficiente fui al pensar que este matrimonio sería aburrido —respondí, sin apartar los ojos de los suyos—. Eres... una sorpresa constante, Farah.
Farah pareció quedarse sin aliento por un instante. El juego de seducción estaba ahí, flotando entre las copas de vino y el sonido de las olas. Pero antes de que ella pudiera responder, su tablet emitió un pitido persistente.
—Es una alerta del servidor —dijo ella, volviendo instantáneamente al modo profesional—. Dejé un proceso corriendo para comparar los datos de Vargas con los registros centrales de la empresa.
Me incliné hacia adelante, volviendo de golpe a la seriedad corporativa. Farah empezó a teclear con rapidez. Su expresión cambió de la alegría a la confusión, y finalmente a la alarma.
—Alaric... mira esto —susurró, girando la pantalla hacia mí.
Lo que los datos mostraban era grave. No era solo un error de Vargas. Había una fuga masiva de información confidencial que se dirigía a un servidor externo no identificado. Siguiendo la ruta del dinero de la fuga que Farah había detectado en el puerto, los datos revelaban una serie de transferencias fantasma.
—Es una doble contabilidad —dije, y mi voz se volvió gélida como el acero—. Alguien está usando el proyecto de la zona sur para lavar dinero y, al mismo tiempo, está vendiendo nuestras estrategias logísticas a la competencia.
—Y la fuga viene de adentro, Alaric —añadió Farah, señalando una dirección IP específica—. Este acceso se realizó desde la oficina de proyectos operativos. Desde la oficina de Ana.
Me puse de pie de inmediato. El momento romántico se había roto, reemplazado por una realidad brutal: nos estaban traicionando desde el corazón de la empresa.
—Se acabó el almuerzo —sentencié—. Ana y Elián no solo son incompetentes, son criminales. Y acaban de cometer el error de dejar que la analista más brillante de la ciudad encontrara sus huellas.
Farah cerró su tablet con un golpe seco. Ya no éramos solo dos personas compartiendo una comida; éramos un equipo de caza.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella, con una determinación que me provocó un rasgo inequívoco de orgullo.
—Vamos a regresar a la oficina —dije, ofreciéndole la mano para ayudarla a levantarse—. Y vamos a preparar la trampa. Si quieren guerra de datos, les daremos una que no olvidarán.
Mientras caminábamos hacia el coche, no solté la mano de Farah. El contacto era firme, una promesa de protección y de batalla compartida.







